Entre las diversas y probables causas de este problema, cabe considerar:
- Inadecuado manejo familiar: sobreprotección, padres perfeccionistas o desatentos, carencias afectivas, separaciones o divorcios conyugales, tensiones variadas, discusiones continuas en el hogar, maltratos y/o castigos físicos o psicológicos, etc.
- Inadecuado manejo escolar: métodos incorrectos de enseñanza/aprendizaje, agresiones, represión, ofensas, castigos, falta de actividad física (juegos), etc.
- Dificultades en el aprendizaje.
- Trastornos del lenguaje.
- Peculiaridades personales del comportamiento (por ejemplo, delicadeza marcada o amaneramiento).
- Miedos diversos: "escénico", a situaciones, animales, objetos y fenómenos, etc.
- Defectos físicos.
- Enfermedades o trastornos funcionales: asma bronquial, epilepsia, obesidad, problemas o dificultades motrices, deformidades posturales, e incluso irregularidades generadas por el desconocimiento o incumplimiento de las normas prescritas durante el proceso de gestación (embarazo) o el manejo inadecuado del parto.
- Eventuales alteraciones de tipo neurótico.
Por ello, se requiere ejercer una influencia positiva, educativa y reeducadora, sobre el ámbito familiar, orientada a la modificación efectiva de diferentes factores generadores o condicionantes de la timidez.
Tal influencia implica, entre otros aspectos, la definición clara y la enseñanza precisa de un modelo correcto de relaciones entre padres e hijos, el establecimiento y la profundización de vínculos comunicativos permanentes, la formación y el desarrollo concreto de valores en el curso de la vida cotidiana del hogar, la participación consciente y dinámica en actividades colectivas para contribuir en el desarrollo de la socialización del niño, el manejo ecuánime e idóneo de los problemas y la atención oportuna de las dificultades que pudieran afrontar los hijos, el reforzamiento de los aspectos positivos de su conducta y la corrección afectuosa de sus posibles errores, etc.
Todo esto tiende a impulsar y a vigorizar el desarrollo de la personalidad infantil, a proporcionar seguridad al niño y a orientarlo adecuadamente para la relación con los demás, ayudándolo a encarar activamente y a superar las molestias que genera la timidez.
La subestimación o la desatención de los síntomas que presenta el niño, con la consiguiente ausencia de intervención terapéutica a tiempo para atacar las causas probables de la timidez, pueden conducir al agravamiento de la misma y a problemas de mayor envergadura. Entre ellos, cabe mencionar:
- a) el reforzamiento de los sentimientos de inseguridad y el remarcamiento de la tendencia a la pasividad en todos los ámbitos en los que necesariamente se debe actuar;
- b) la creciente dificultad en las relaciones interpersonales y el correspondiente aislamiento social;
- c) el deterioro de la actividad comunicativa, cuyas deficiencias traen como consecuencia el rechazo o la indiferencia del colectivo escolar;
- d) el bajo o deficiente rendimiento académico debido a la escasa o nula participación en clases, con el subsecuente retraso en las actividades escolares y la dificultad para la evaluación de los aprendizajes,
- e) la producción de altas tasas de ansiedad, con su repercusión en la actividad intelectual, emocional y práctica; y
- f) la posibilidad de generación de diversos trastornos psicológicos y de la personalidad.
En la vida escolar, estos niños participan muy poco en las clases de educación física y en las actividades deportivas y recreativas. Manifiestan una actitud de rechazo cuando se organizan campamentos recreativos o excursiones y se revelan torpes e inhibidos cuando se realizan actividades en grupos; no se adaptan a internados, a pasar días fuera de la familia, ampliando una situación de inseguridad que debe ser tratada de forma muy diferenciada por los maestros, los profesores de educación física y los auxiliares pedagógicos.
La escuela y el personal docente deben ser elementos claves para eliminar las inhibiciones y causas que provocan alteraciones en la conducta y la personalidad del niño.
El maestro y el profesor de educación física deben conocer a tiempo cuándo un niño es tímido y prestarle la atención requerida, dándole adecuada participación y no eliminándolo de las actividades, trabajando en ese sentido con los familiares, el resto del colectivo pedagógico y con los demás niños de su grupo propiciando que lo acepten y lo ayuden.
En el caso de otros alumnos que se burlan o maltratan al niño tímido, el maestro y el profesor de educación física deben rápidamente tomar las medidas precisas para corregir y evitar estas situaciones, contribuyendo así a crearle un clima positivo para que pueda vencer sus dificultades.